Este artículo es la continuación de Asía Oriental – Parte I
Desde finales del Siglo XV, Europa comenzó su expansión internacional a través de conquistas y la construcción de imperios por todo el mundo, llevando consigo a lugares remotos influencias europeas, no limitándose en este proceso, como hasta la época, al Mediterráneo y al Atlántico Norte, sino a los cuadro puntos cardinales del planeta.
Esta Era Europea, desde el final del Siglo XV hasta finales del siglo XX, se caracterizó por la creación de imperios de alcance planetario cuya principal razón de ser era la apropiación por la fuerza de materias primas y recursos estratégicos, la creación de mercados cautivos bajo el paraguas imperial y la obtención de poder y gloria. La supremacía de las potencias coloniales subyacía principalmente en su superioridad militar así como en una organización más efectiva en los medios para ejercer la violencia subyugando sin compasión a otros pueblos considerados como primitivos e inferiores.

Durante esta Era Imperial de cinco siglos de duración, una de las dinámicas principales era la existencia de un ciclo competitivo entre las distintas potencias Europeas por el poder, creando éstas ejércitos y flotas armadas cada vez mayores para proteger sus intereses económicos, territorios y recursos que servían para alimentar a sus máquinas bélicas.
La lógica imperial dictaba, al igual que en épocas anteriores (i.e. Imperio Romano), que a medida que un imperio extendía sus posesiones coloniales necesitaba flotas armadas de mayor calibre y más recursos para mantener el imperio en funcionamiento. Esta carrera hacia delante, llegada a cierto nivel de colonización territorial derivaría sin remedio en conflictos de intereses y guerras entre las potencias Europeas, no limitándose como en el pasado al territorio Europea, sino que esta vez el tablero de juego por la lucha de la supremacía sería global.

Europa se expandió por el mundo entero, desplegando su influencia y poder de forma global. Antes de la era colonial Europea, las luchas entre imperios habían tenido siempre lugar en la masa continental Euroasiática. A partir desde el Siglo XV, con la creación de flotas armadas y de ejercitos nacionales se consolidó el primer sistema de influencia a escala planetaria, siendo el corazón del sistema Europa.

Las naciones Europeas mediante innovaciones como la construcción naval, la navegación y armamento naval, y las armas de fuego se extendieron por todo el globo creando el primer sistema planetario imperial. Famosa la frase de “En el Imperio Español nunca se pone el sol”, primer imperio de alcance mundial junto al portugués, con posesiones a lo largo y ancho del planeta, y que serviría de precedente para el transcurrir de la historia y el resto de imperios posteriores (Holandés, Francés, Británico, Ruso, Japonés, entre otros).

A partir de mediados del siglo XIX, y tras la Guerra Civil Norteamericana, los Estados Unidos comenzaron a convertirse en una potencia Occidental con influencia económica, militar y política propia, emulando a las potencias Europeas. Aunque al principio sus acciones estaban limitadas a la conquista de territorios en su propio hemisferio (expansión hacia el Oeste, Guerra contra México), con el tiempo extendieron sus aspiraciones hacia Oriente gradualmente.
Al ser un país de escala continental, y tener acceso a los dos grandes océanos, Atlántico y Pacífico, los Estados Unidos disfrutaban de una posición geoestratégica idónea para extender su influencia por ambos mares. La llegada de Comodoro Perry a Japón en 1854, y la imposición de tratados desiguales a Japón marcaría el inicio de una era de injerencia Americana en Asia Oriental. Con el tiempo el resto de potencias coloniales de la época (Inglaterra, Francia, Holanda y Rusia) se unirían a los Estados Unidos en la lucha por la apertura de los principales mercados asiáticos (China y Japón) a su comercio bajo condiciones draconianas para las poblaciones asiáticas.

La I y II Guerras Mundiales implicaron la destrucción de las potencias europeas y el comienzo del fin de la era colonial europea. Los grandes ganadores de las dos guerras civiles europeas fueron los Estados Unidos y la Unión Soviética, y todo ello implicó el comienzo de la Guerra Fría y de existencia de un mundo bipolar.
Este nuevo orden mundial se caracterizó por una guerra de casi cinco décadas por el control y la influencia en distintas partes del mundo, Europa, Asia, Oriente Medio y Latinoamérica. Lo que en la época imperial europea era una constante lucha por el poder e influencia entre las distintas potencias europeas, se convirtió en una extensión de la misma búsqueda de poder y gloria entre EEUU y la URSS.

Europa, dejada al margen por la Historia, comenzó el proceso de descolonización que duraría hasta la década de los 80, a la vez que iniciaría el proceso de integración europea que continua hasta la fecha, convirtiéndose la Unión Europea en una potencia económica importante, pero con escasa proyección y coherencia en su politica exterior. Al final, las dos grandes capitales imperiales del Siglo XIX y XX, Londres y París, siguen condicionando en gran medida su política exterior en la herencia de sus imperios.
Como todos los cambios de paradigma, la transición de un orden mundial a otro no siempre es arbitraria y sin fricciones. Al igual que la Guerra Fría sustituyo a la Era Imperial europea anterior, tras el colapso de la Unión Soviética y el consiguiente vacío de poder y falta de contrapeso global a los Estados Unidos, comenzó un orden mundial caracterizado por la existencia de un sólo polo de dominio global ejercido por los Estados Unidos.
Potencia maritima hegemónica con extensión global, y disfrutando de un liderazgo militar en todos los ámbitos de la defensa terrestre, aérea, marítima, interbalística nuclear y espacial, además de contar con la presencia de bases militares norteamericanas en todos los rincones del globo hacen que el liderazgo americano sea indisputable en el terreno militar.

En la actualidad potencias como Rusia, China, Japón, y Brasil, luchan por gradualmente establecer cierto dominio regional, pero en ningún caso disponen de una posición geoestratégica de dominación global como la norteamericana, ni lo harán en muchas décadas. A la pregunta de ¿Quién viene después de los Estados Unidos? La respuesta es. Primero los Estados Unidos, después nadie, después nadie, y luego el resto de potencias medias con aspiraciones regionales – Rusia en el CIS, China y Japón en Asia Oriental, Brasil en Sudamérica, Francia e Inglaterra en el Mediterráneo y África.
A pesar del dominio militar de América, las potencias asiáticas. China, Corea y Japón, están entre las 12 potencias económicas más importantes del mundo. Pero lo más importante desde un punto geopolítico es la altísima dependencia de sus economías a los recursos exteriores, especialmente energía, y de sus mercados de exportación extranjeros. En ambos casos, estos condicionamientos estratégicos están más allá del alcance de sus capacidades militares.

Durante la Guerra Fría este hecho no tenía gran importancia, ya que Japón y Corea estaban bajo el paraguas militar estadounidense, y China no estaba integrada en el comercio internacional como lo está hoy en día. Pero ahora, en el nuevo orden mundial, la situación tiene una especial relevancia.
China se ha convertido en una gran potencia ecónomica con alcance e interéses mundiales. Japón y Corea a tienen intereses en ocasiones incompatibles con los de Estados Unidos, como son los acuerdos energéticos entre Japón e Irán que no son del agrado de Estados Unidos, o de las diferentes posiciones en las negociaciones de Corea del Sur con Corea del Norte y Estados Unidos.
En la actualidad, estamos en una transición de paradigma en donde surgiran rupturas progresivas de posiciones basadas en conflictos de interés. La cuestión es comprender cómo China, Corea y Japón, conseguirán proteger y perseguir sus intereses políticos y económicos fuera de su región, con sus limitadas capacidades globales para ello.